naufragio
Me encuentro flotando en medio del océano
sostenida en una balsa rústica y astillada
Me llegan mensajes indescriptibles en viejas botellas
Estoy aprendiendo el idioma de los peces
Por las noches
cuando cierro los ojos
y la niebla me hace imperceptible en el ancho mar
oigo el llanto de sirenas prisioneras
enredadas entre algas rencorosas
Cuando llegue a tierra
seré una náufraga de largas barbas blancas
sin más lenguaje que el de los peces
sin más recuerdo que el llanto de las sirenas
sin más color que el que imprime el sol en mis pieles
sin más historias que los rugidos embravecidos de las olas
que planearon mi secuestro
Todo habrá valido la pena…
El rugido y el silencio
El rapto y la niebla
El sol y las algas
El mar creciendo por las lágrimas de las sirenas
Todo habrá valido la pena
si al final del naufragio
en aquella orilla
termino tocando tu mano
y continuamos juntos el camino
a esa isla desconocida
Con barbas blancas y pieles doradas
penitentes
Cuando enloquezca me refugiaré en aquella casa de puertas rotas y ventanas ausentes. No pronunciaré más nombres para no sentir más ausencias. Dejaré los zapatos lejos del camino de llegada para que no vengan a buscarme y me arrastren con sus ganas desmedidas de cruzar montañas, de subir y bajar arco iris.
Me refugiaré en el silencio de una casa vieja y lúgubre, me convertiré en fantasma, en sombra, en miedo. En fantasma que te ronde cada noche, en sombra que no desaparecerá de tu lado, en miedo, en miedo asesino que te tornará en locura y te convertirá en fantasma.
Y habitaremos juntos esa casa de puertas rotas y ventanas vacías. Seremos penitentes condenados a nuestras presencias fantasmales por los siglos de los siglos y los siglos...
La diosa rota
Volaron las palabras enloquecidas / y yo me quedo muda / con las alas colgadas en el ropero...
Tú...vacío...siniestro / asesino de sueños /ahora no eres más que una fotografía ajada y rota /nebuloso en el recuerdo...
Quizá nunca tuviste voz / quizá fui yo la que en mi infinita imaginación / con mi don de creadora del universo / te arranqué de mi costilla / moldeé con barro tu pubis / te dibujé una sonrisa / y te ordené amarme sólo a mí /de adorarme al borde de la locura y la insensatez / como la única diosa del universo / sin saber que llegaría el momento fatal / en que comieras del fruto prohibido / y me negaras infinitas veces...
bailarina
La danza del olvido se baila con los pies cuarteados
Con tacones invisibles
y los cabellos re/cor/ta/dos con tijeras envenenadas
Se baila a solas perdida en la locura
y en la sin-razón de los de- se-os
Con los ojos cerrados
y el corazón sangrante en las manos torcidas
Se baila sin paréntesis ni pausas
Se baila mientras se puede
Antes del anocher que vomita recuerdos
en su oscuridad maldita
llena de suspiros
y resentimientos
Se baila (dentro) de los zapatos
que se niegan a partir a un n-u-e-v-o viaje
historia sin importancia
Anoche cenamos con las hadas. El hada azul, el hada verde y el hada turquesa. Sentada en frente de ellas y casi opacada por sus destellos lo único que me provocaba era desaparecer diminuta e imperceptible debajo de la mesa y quizá perderme entre los brillantes de sus delicadas zapatillas. Pero tenia que mantener la compostura.
Todo comenzó a cambiar cuando oí sus nombres, Mara, Elsira y Martha. Las hadas tenía nombre de mujer, olian a flores y estaban encantadas con la ensaladilla rusa y el pan que habíamos traído de la aldea.
Mayu que estaba recostado sobre un brazo sin dejar de mirarlas embelesado y a la vez sin parar de reír por las travesuras que hacían con la comida, me preguntaba si podíamos llevárnoslas a casa y dejarlas sentaditas en la ventana. Me recordó a mi abuela en sus últimos días, decía que habían unas mujercitas sentadas en su ventana cada mañana cuando se levantaba; una paliducha, otra regordeta y una al borde de la esquizofrenia. Todas las noches al acostarse se despedía de ellas diciéndoles que no se preocuparan que pronto estaría diminuta y arrugada con ellas. Aún miro a la ventana cuando estoy sola pensando en que cuatro mujercitas invisibles me están espiando y me doy ánimo, le enciendo una vela a la abuela y espero mi nuevo día.
Mayu se ha tenido que conformar con quedarse con tres pétalos, uno de cada vestido de las hadas, y las ha sujetado con cinta pegadiza en la ventana de su habitación.
verdad
Qué importa nada
cuando todo es silencio
espejito, espejito
Cuantas veces he de decirte mujer inútil que dejes de pensar, de recordar, de amar, de soñar, de desear vidas ajenas. Cuantas veces debo repetirte a cada paseo del cepillo y las pinzas en las cejas que no naciste mujer para ser bella. Que no heredaste el don de la dulzura. Que no habrá hombre que te recuerde después de muerta. Que no hay trovadores ni poetas para ti, que tus oídos no oirán palabras dulces jamás. Que tu vientre inerte no te dará descendencia y serás mujer maldita y sola por el resto de tus días. Deja de hacerme preguntas inútiles, deja de mirarme con lástima, deja de besar rostros invisibles.
Y la bruja arremetió contra el espejo. La manzana inyectada de tristezas y frustraciones convirtió el cristal en añicos.
El espejó calló.
equilibrista
Desapareces como un suspiro en la última nota del piano, hay que correr detrás de las sombras para encontrarte. No importa si rechinan las maderas viejas o si las astillas se hunden en los pies. La casa vieja se roba los sueños, los deseos y los amores. Los lanza al abismo y sólo devuelve recuerdos gastados y empalagosos. Te busco en las notas rotas, en las cuerdas de la guitarra, en el viento que se lleva tus palabras. Tu perfil oculto debajo del piano se burla de mi desorientación. Hay que pasear por cuerdas flojas para llegar hacia ti...si es que en realidad se puede llegar.
la muerte de la mariposa
Había que ver como al final del día la mariposa se alistaba para morir. Tomaba con gran placer las últimas bocanadas de aire. Sus ojos se dirigían al cielo recordando sus vuelos infinitos. Extendía sus alas con una paciencia y una quietud digna de un baile de Geisha. Plantaba sus finos piececillos sobre la tierra y pensando en el amanecer se dejaba caer sobre el agua. Solitaria, cansada de su inútil belleza, de su vuelo fatigante. Cansada de ser abandonada en el momento de su plenitud, de su vuelo perfecto, ante la ausencia de abrazos o miradas complacidas. Moría cada día en el río para renacer en todo su esplendor a la mañana siguiente y soportar la vida nuevamente hasta la llegada de su nueva muerte, al finalizar el día.
funeral en el jardín

Vuelvo a aquella casa donde aprendí a hablar con los árboles y atravesar los espejos. La acaricio dulcemente y en su vacío siento el dolor del pasado perdido. Le pregunto por nuestros secretos, ruedo mis dedos por sus paredes, le quito el polvo a sus ventanas y camino con los ojos cerrados. Desde el baúl me saludan los muñecos dormidos y el ropero me muestra los trajes en miniatura que ya no caben en mis largas piernas.
Llego en el momento preciso, en el jardín la bruja ha muerto derretida por la lluvia. Asisto a su funeral en puntillas mientras el duende, su hijo adoptivo, come melocotones y se pinta la cara con carbón. No llevo flores ni canciones, pero en mi mente danzan vivos los recuerdos de las noches de tormenta fría en las que me asustaba. Recuerdo las madrugadas en las que la veia correr alborotada por el jardín enseñando a berrar a los duendes. Recuerdo cuando se peleaba con los gatos y les lanzaba cuervos desplumados. Recuerdo cuando enviaba a su hijo el duende a dormirse debajo de mi cama. Recuerdo su silueta reflejando en la ventana. Recuerdo el rechinar de sus zuecos de madera. Recuerdo sus lágrimas solitarias cuando crecimos y la casa se quedó sin niños a quienes asustar.
Asisto al funeral de la bruja en el jardín, de puntillas. Junto a su hijo devoro melocotones y me pinto la cara con carbón. Asomo a mirar su rostro arrugado y para provocarle una sonrisa de placer en su día de partida, finjo que me asusta su vetusto rostro y su vestido raído. Finjo recordar el miedo de las noches solitarias.
Ha muerto la bruja derretida por la lluvia, ha muerto con los ojos abiertos como pretendiendo llevarse vivos en su memoria la casa, a su hijo el duende y mi miedo.
fotografía
"Somos dos enanos viviendo en una casa de muñecas"
sin título
Acarició el lomo del pequeño animal. Hundió suavemente la yema del índice en el cuerno puntiagudo y cuando la mujer despeinada le preguntó: ¿Qué hace tu burro? Ella, moza noble sin malicia, se quedó paralizada. El mundo se cubrió con su silencio, confuso e incómodo. Luego, mientras se llevaba el dedo con una gota de sangre a los labios, se oyó una débil voz redentora que venía del pequeño animal: "Los burros han dejado olvidados los cuernos debajo de sus camas y lucen sus orejas libres al viento, te divierten. Nosotros sólo podemos salvarte de la muerte, pequeña ingenua". Después calló y no se volvió a oir más al unicornio.
dormir
Después de la noche del insomio, a la hora que logró raptar el sueño y atarlo con los lazos de sus trenzas en los bolsillos de su pijama...
No- se- quedó-sola.
Detrás de la ventana los dos gatos contemplaban sus secretos ocultos debajo de sus párpados. Se contaban el sueño de la insomne, describían sus deseos enredados en los laberintos, la transformación de la niña mostruo.
conjuro en tu ausencia
Quizá llegues cuando me haya ido. Encontrarás entonces los pétalos de la retama extendidos por el suelo y la escoba limpia de polvo en la puerta de la casa. Habré terminado sin ti el conjuro, pero a pesar de tu ausencia, sabrás que te tuve aquí conmigo.
Presentí tu vacío y preparé mi corazón para la soledad helada.
A la hora de la luna, cuando alborozadas las luces resplandezcan en las calles y el griterío de la gente se confunda entre risas y abrazos, buscaré mi luz y tu luz aquí dentro, en nuestra casa para siempre nuestra a pesar de tu ausencia.
Extenderé el pañuelo rojo en el momento preciso de las campanadas, esparciré sobre él los cuatro huairuros, me frotaré luego las manos con agua florida, lanzaré sus gotas y su aroma por cada rincón de la casa. Luego en una danza lenta, desde mis manos elevadas lloverán las flores amarillas y en cada pétalo irán nuestras ilusiones y nuestros deseos.
Lanzaré al fuego las palabras que tenemos que olvidar, las que nos ajaron, las que nos robaron el sueño juntos, las que nos lanzaron inmisericordemente para hacernos daño, las que se convirtieron en lágrimas, las que no nos dijimos, las que olvidamos, aquellas de las que fuimos despojados, las que se volaron, las que callamos, las que no usamos para pedirnos perdón.
Enjuagaré mi rostro con agua fresca, con el rocío que quedó al pie de la ventana.
Cubriré mis pies con tierra nueva, aquella que guarda la ruta lejos de las pesadillas.
Sentiré el aire fresco a media noche limpiándonos de todo, bañándonos de brisa suave y llevándose al recuerdo la vida ya vivida.
Sacaré de mi bolso las hojas verdes, esas que hablan, las hojas que me regaló la vieja maga. Les preguntaré por tus pasos. Y aunque se muerdan los labios yo sabré adivinar tu regreso.
Después del conjuro, después de las uvas y las pasas, después de la lluvia y la caída de las estrellas, sé que vendrás.
Me ocuparé de llenar los bolsillos de nuestras ropas dormidas en los armarios con lentejas multicolores y a la salida de la noche cuando me tenga que ir, te dejaré una cinta roja colgada del cuello de uno de los gatos, yo ataré el otro entre mis dedos llenos de despedidas.
Esperaré el nuevo amanecer para continuar el camino.
palabras fugitivas
Se sentó a esperar aquella llamada, con el deseo de decirlo todo, de contar palabra por palabra, puntos y comas. Acomodó la silla al lado de la mesilla del teléfono y esperó. Esperó segundos, minutos, horas, horas, largas horas. La angustía por hablar la comía por dentro, se mordía los labios para no dejar escapar ninguna palabra, para cuando llegara aquella llamada, estuvieran todas completas. Formando frases perfectas.
Venció al sueño, se pintó las uñas una y otra vez, balanceó su cuerpo infinitamente, pero el teléfono no sonaba.
De pronto, sintió un cosquilleo en las orejas, acercó su mano temblorosa y cogió entre sus uñas repintadas una larga palabra cansada de esperar dentro, vio como sus cabellos se convertían en frases largas y risadas, sus cejas eran puntos y comas, sus uñas largas tenian palabras que crecían como raices añorando abrazos. Comenzaron a tatuarse letras finas por su piel blanquísima, pálida. Pero firme , con la convicción de no soltar una palabra, seguía mordiendo sus labios.
Se tapó la nariz para que no se escaparan más historias, pero para ese momento su vestido era una larga pieza a manera de diario matutino con titulares y letras resaltadas en todos los colores.
Se tapó los ojos, se cubrió las orejas, quizo cerrar los poros de su piel para que no siguieran escapándose las letras impertinentes, deseosas de salir. Pero no pudo más y vino entonces aquella arcada que trajo un vómito de palabras, de letras, de puntos, de comas, el abecedario completo...los "te quiero".
La exclusividad de sus sentimientos guardados se volcaron todos sobre la alfombra y se echó a llorar sobre ellas, queriéndolas juntar todas de nuevo dentro suyo. Para cuando llegara la llamada y pudiera decir todo lo que sentía, todo lo que amaba, todo lo que había vivido en esos días de ausencia, todo lo que había guardado para contar unicamente en ese momento.
Pero las palabras se le corrieron debajo de los sillones, se treparon por las paredes como arañas sigilosas, salieron por las ventanas volando como pájaros, se escondieron en la chimenea.
Se levantó, se sentó nuevamamente en su silla al lado de la mesilla. Entonces, sonó el teléfono, después de segundos, minutos, horas, horas, largas horas...levantó el auricular y se quedó en silencio, muda.
Desde ese día, dejaron de quererla por no tener nada que decir cuando sonara el teléfono.
la huerfanita
Otra vez la huerfanita, abandonada en un banco del parque
Con su maleta vieja y sus zapatos rojos
Otra vez con la flor marchita en el sombrero viendo caer las hojas muertas de los arboles negros
Otra vez la huerfanita mendigando amor en sus bolsillos rotos
querer
No quiero leer cartas viejas, ni rebuscar los cajones vacíos
No quiero vivir historias repetidas
No quiero soledades vagabundas enfundando mis noches
No quiero zapatos viejos en mis pies llenos de caminos nuevos
No quiero cansancio, ni fatiga
ni boca muerta
Quiero tus manos acariciando el lomo de los gatos
Quiero tus párpados dormidos en mi pecho
Quiero camino sin final, reposo de angustias
Quiero-te.....
ilusa
Soñé que era pequeñita
soñé que apenas cabía en un dedal
soñé que mis zapatos plateados eran una camita liviana...
Soñé que me soñabas
¡que mujer enana más ilusa...!
ausentes
¿Hay alguién ahí?
( )
No importa ... aquí tampoco
imaginada
Ahí está ella
contándose historias para creerse la vida
multiplicando los dedos para tapar el sol y el cielo
conjurando hechizos mal hechos
diciéndole mentiras a la gente
Ahí está ella
hecha de viento y palabras





